El otro Fernando Fernán-Gómez

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El otro Fernando Fernán-Gómez

Pepe Gutiérrez-Álvarez (Para Kaos en la Red) [22.11.2007 13:36] –

 

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No creo que haya en el cine español un personaje equiparable a Fernando Fernán-Gómez. Como actor, su trayectoria se extiende desde principios de los años cuarenta hasta el presente. Pero hubieron otros: un director a recuperar y un escritor por conocer. Esto sin olvidar su actitud comprometida. La del anarquista inclasificable que supongo que es la manera más coherente de serlo. 

              Según he podido comprobar estos días, parece que entre “la gente de hoy”, Fernando Fernán-Gómez era un señor con muy malas pulgas que vivía con Emma Cohen, una señora que en los sesenta-setenta quitó el sueño a una generación que quería pero no podía. En otros tiempos, Fernán-Gómez era uno de nuestros actores más característicos. Se hablaba de Botón de anclas (Ramón Torrado, 1947), y de Balarrasa (J.A. Nieves Conde, 1950), dos títulos especialmente emblemáticos de nuestro “cine nacional”, y que quedan como testimonio de talentos perdidos en la mayor miseria cultural y moral. Pero también era  alguien que como José Isbert o Manolo Morán, nos alegraba la vida. Aún recuerdo el éxito que tuvo El fenómeno (1956), que obtuvo un éxito considerable interpretado a un sabio llamado Pavlosky, al que confunden con n futbolista famoso y que acaba triunfando después de marcar un gol con el culo. Pero este Fernán-Gómez también era despreciado en las tertulias como uno de los representantes de las “españoladas”, unas películas que al gran público provocaba casi por igual adhesión y rechazo.

                Por entonces y por esos medios, para dar la cara por otro Fernán-Gómez era seña de alguien que entraba en el reducido círculo de los cinéfilos, o sea de los que además de ver cine, leían y discutían. Eran los que estaban en el secreto de que existía otro Fernán-Gómez que había interpretado, y en algunos casos, facilitado, títulos del valor y el interés de la Vidas en sombras (Llobet Gracia, 1948), y en la que el protagonista aparece como “soldado nacional” cuando en realidad había sido “soldado republicano”,  El última caballo (Edgar Neville, 1950), El inquilino (de otro J.A. Nieves Conde, 1958), muestras de un cine “maldito” que ha ganado con el tiempo como testimonio de una resistencia digna de este nombre. Y  claro está de Esa pareja feliz (1951), de Bardem-Berlanga, que fue un éxito amén de un gol como una catedral a la censura, y no hay más que recordar la escena en que Lola Gaos declama cual una Aurora Bautista en un dramón patrio y antes de darse un buen batacazo con la dura realidad del suelo. Con la productora de Bardem, Fernán-Gómez realizó una divertidísima comedia feminista, Sólo para hombres (1960), con una impagable Analía Gadé, y un portentoso Erasmo Pascual, que contaba la historia de una mujer que entra a trabajar en un ministerio, y además de trabajar es eficiente, el colmo. Fernando contaba que tuvo una discusión con Juan Antonio sobre un detalle de la película, aquel que se mofaba de la vida parlamentaria. Bardem consideraba que esto podía ser entendió como una crítica a la democracia.

              Muy poca gente sabía distinguir entre las infaustas “españoladas” en las que Fernando se limitaba a ser tan buen profesional como sabía, y películas de mayor calado, y que igualmente era un señor que había realizado películas  como La vida por delante (1958), y su continuación, La vida alrededor (1960), ambas con su musa del momento, Analía Gadé, quien pro cierto nunca estuvo mejor, dos comedias con más mala leche de lo que aparentaban, aunque esto son cosas que se verían mucho más claramente después que en su tiempo. Mucho más incisiva sería El mundo sigue (1963), adaptación de una novela del olvidado Juan Antonio Zunzunegui, un “nacional” que dejó de serlo, una película que casi nadie ha visto, y que el autor de estas líneas recuerda de un lejano ciclo de la TV2 allá por mediado los años setenta, y que sigue por ahí en algún baúl. Contenía una desgarradora visión de la situación de la mujer, y contaba con dos interpretaciones antológicas a carga de dos grandes actrices (desaprovechadas): Lina Canalejas y Gemma Cuervo.

                  Pero sí hay una obra maestra en la muy irregular filmografía de Fernán-Gómez, esa es El extraño viaje (1964) que se estrenó en Barcelona en septiembre de 1968 como complemento a un “thriller” exótico con Robert Stack y Elke Sommers, Los corrompidos (James Hill, 1967), que no estaba nada mal. Basada en un argumento de Luís García Berlanga que convertido en guión por Pedro Beltrán (otro talento desaprovechado que tuvo con Fernando sus mejores oportunidades), tomaba como punto de partida el llamado “crimen de Mazarrón” que tiempo atrás había dado materia para varios números de El Caso. La película es un soberbio retrato de las miserias de la España de entonces, y está contada con un tono esperpéntico-realista plenamente adecuado. Además cuenta con interpretaciones antológicas por parte de Tota Alba, Rafael Aparicio, y un genial Jesús Franco como el hermano bordelein. Por supuesto, no gustó por arriba ni fue entendida por abajo, y por lo tanto, los aficionados al cine que no veían más que lo que le ofrecían, podían cara de estupor cuando le asegurabas que no había que medir a Fernando Fernán-Gómez solamente con las películas que hacía con Pedro Lazaga y Conchita Velasco.

                    Afortunadamente, esta apreciación despectiva comenzó a cambiar en los años setenta, cuando Fernando comenzó a trabajar con Carlos Saura, y protagonizó El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y una de las mejores películas españolas de todos los tiempos que ya no tuvo problemas de reconocimientos. Ulteriormente su carrera ha seguido un curso que hay que entender como parte del propio de un cine como el español al que –salvo contadas excepciones- el fin de la dictadura no liberaría para abordar temas que antes no se podían abordar, y ahí entran la mayor parte de sus trabajos, eso sí, hechos con una capacidad profesional impresionante.           

                    Al igual que Berlanga, Fernando Fernán Gómez también ha efectuado diversas profesiones de fe anarquista, pero en su caso con más razón. Si nos atenemos a sus declaraciones, se refiere a una actitud avanzada propia de la farándula, a una cierta utopía tan hermosa como imposible, y claro está, a una abierta admiración hacia los perdedores de la guerra española. No deja de resultar significativo que al menos cuatro actores más importantes de la postguerra hayan sido republicanos convencidos: Fernando Rey, soldado de la II República, Francisco Rabal, militante comunista (ambos muy ligados a Luís Buñuel), Alberto Closas que regreso del exilio para interpretar Muerte de un ciclista (1955), y el propio Fernando. Fernán-Gómez siempre que ha podido ha reflejado su impronta libertaria, claramente perceptible en obra de teatro más famosa, Las bicicletas son para el verano.

                Éste Fernán-Gómez resulta mucho más reconocible en artículos de prensa, en los que dejó caer opiniones tan evidentes como “los policías a quienes buscan, descubren, persiguen y atacan con tenacidad y furia, más que a los delincuentes, es a aquellos ciudadanos que no piensan ni dicen lo que les han ordenado sus amos, los jefes de la policía, los inventores de las leyes, los dueños de la tierra y el dinero”, en un artículo sobre el asesinato del anarquista italiano Carlo Giuliani. En una entrevista en el diario "Hoy". Dejó claro su ideario, diciendo: "Yo pienso más bien en el amor libre, en la supresión de propiedad privada, en la entrega de las tierras a los trabajadores, en la enseñanza igualitaria y obligatoria. Y no me parece que las películas españolas sean muy de izquierdas." Cosas así están recogidas en otras entrevistas.

                  Marísa Paredes que lo conoció bien lo describió con en todas sus dimensiones cuando en la entrega de uno de esos premios a los que Fernando daba tan oca importancia, declaró que lo merecía: "Por anarquista, por poeta, por cómico, por articulista, por académico, por novelista, por dramaturgo, por único y por consecuente". Se puede decir que el suyo fue anarquismo moderadamente beligerante, muy machacado por el prisma de la derrota. y así se expresa por igual en su premiadísima obra  de teatro Las bicicletas son para el verano, así como en tres de sus realizaciones más interesantes de su escasamente atractiva última época como director, Mi hija Hildegarde (1977), Mambrú se fue a la guerra (1986) y El mar y el tiempo (1989), tres cuadros de un anarquismo digamos problemático situados en tres épocas históricas diferentes, la primera en los de la República, la tercera coincidiendo con las jornadas de mayo del 68, y el segundo con la muerte de Franco y el inicio de la Transición. Títulos que convendrá revisar. De hecho, habría que hacerlo con buena parte de su filmografía lo mismo que con sus escritos.

                    Era éste Fernán-Gómez el que manaba literalmente “a la mierda” a esos periodistas como esa muchacha de ese programa pestilente en la TV1 que antecede a los informativos, y en el que se mezcla la mayor tragedia con la última boda. Con le mismo tono que el empleado para hacer hablar a un familiar de Rocío Jurado, trasladó su micrófono hasta las puertas del Hospital en el que Fernando moriría, y trató de preguntarle a Emma Cohen como estaba Fernando, y la mirada de ésta fue más que suficiente. Ahora hablaran de él bla, bla, bla, como se hace en ese programa llamada “Cine de Barrio” y en el que podemos encontrar más franquismo sociológico que en el Valle de los Caídos (por Dios y por España como todo el mundo sabe).

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