Sindicatos y polarización política en EEUU

Sindicatos y polarización política en EEUU

 

Paul Krugman · · · · ·

 

06/01/08

Érase una vez un tiempo en que EEUU tenía una robusta clase media y también un movimiento sindical fuerte.

Ambas cosas guardaban relación. Los sindicatos negociaban buenos salarios y beneficios para sus trabajadores, ganancias que a menudo acababan revirtiendo en los trabajadores no sindicados. También significaban un importante contrapeso a la influencia política de la gran empresa y de la elite económica.

Hoy, sin embargo, el movimiento obrero sindical estadounidense es una sombra de lo que fue, salvo entre los empleados públicos. En 1973, casi una cuarta parte de los trabajadores del sector privado estaban afiliados a sindicatos, pero el año pasado la cifra se había quedado en un mero 7,4%.

Sin embargo, los sindicatos todavía cuentan políticamente. Y precisamente ahora están en el corazón de una desagradable rebatiña política que se da entre los Demócratas. Antes de entrar en eso, sin embargo, hablemos un poco de lo que le ocurrió al sindicalismo estadounidense en los últimos 35 años.

A menudo se da por supuesto que el movimiento obrero norteamericano murió de muerte natural, es decir, que quedó obsoleto con la globalización y el cambio tecnológico. Pero lo que realmente ocurrió es que, a comienzos de los 70, la América empresarial, que previamente había mantenido una larga relación de cooperación con los sindicatos, se resolvió a declarar la guerra a los trabajadores organizados.

No es necesario que me crean bajo palabra de honor; lean Business Week, que publicó un artículo en 2002 titulado "Cómo Wal-Mart mantiene los sindicatos a raya". El artículo explicaba que "durante las dos pasadas décadas, la América empresarial ha perfeccionado su capacidad para desarticular las organizaciones de los trabajadores". Pasaba entonces a describir las tácticas –algunas legales, otras ilegales, todas provistas de sanas dosis de intimidación— que Wal-Mart y otras grandes empresas usaban para bloquear las iniciativas de organización sindical.

Condición de posibilidad de la utilización de ese tipo de tácticas coriáceas fue un ambiente político profundamente hostil al trabajo organizado, tanto porque los políticos favorecían los intereses empresariales, como porque los conservadores buscaban debilitar al Partido Demócrata. "Destruiremos el sindicalismo como entidad política", declaró una vez Grover Norquist, el activista anti-impuestos.

Pero puede que los tiempos estén cambiando. Parece estar surgiendo un vigoroso movimiento progresista, y los sindicatos son una parte clave de ese movimiento. De la forma más notable, la Service Employees International Union [Unión sindical internacional de los trabajadores de servicios, S.E.I.U., por sus siglas en inglés] ha jugado un papel clave en la iniciativa de reforma de la asistencia sanitaria. Y los sindicatos serán una fuerza importante en el apoyo a los Demócratas en las elecciones de este año.

O tal vez no. Lo que nos lleva a lo que acaba de ocurrir en Iowa.

Quienquiera que se haga con la nominación presidencial del Partido Demócrata recibirá el apoyo de los sindicatos en las elecciones. Entretanto, sin embargo, los sindicatos están dando apoyo a sus candidatos favoritos. Hilaty Clinton –que por un tiempo pareció iba claramente en cabeza— ha recibido la mayor parte del apoyo sindical. John Edwards, cuyo mensaje populista se compadece bien con el de los sindicatos, también ha recibido un apoyo considerable.

Pero Barack Obama, a pesar de tener un sólido curriculum electoral pro-sindical, no. En parte, tal vez porque su mensaje de "un Nuevo tipo de política" que transcienda la amarga polarización partidista resulte un sinsentido para los dirigentes sindicales que saben, por su experiencia de lucha contra la gran empresa y sus aliados políticos, que la polarización partidista está aquí para quedarse por un buen tiempo.

Vale; eso es política. Pero ahora el señor Obama ha lanzado sus dardos contra el señor Edwards porque dos grupos independientes de los llamados "527" (1), quienes, aun estándoles permitido sostener a los candidatos, tienen prohibido por ley la directa coordinación con sus campañas, están haciendo publicidad por encargo de su rival. Son, dice el señor Obama, representativos del tipo de "intereses especiales" que "tienen demasiada influencia en Washington".

Ello es, empero, que esos dos grupos "527" representan a uniones sindicales (en el caso del grupo mayor, a ramas locales del S.E.I.U., que considera al señor Edwards el mejor candidato en lo tocante a la reforma de la asistencia sanitaria). Así que el ataque del señor Obama plantea un par de cuestiones.

La primera: ¿tiene sentido para los Demócratas, en el actual panorama político y económico, poner en el mismo plano a los sindicatos y a la gran empresa como ejemplos de intereses especiales que han de ser contenidos?

La segunda: ¿está diciendo el señor Obama que, caso de ser nominado, estaría dispuesto a concurrir electoralmente sin el apoyo de las organizaciones sindicales "527", que pueden ser cruciales para los Demócratas? Si no, ¿cómo piensa evitar que las malhadadas palabras pronunciadas hoy por él sean usadas mañana en su contra por el candidato Republicano?

Parte de lo que aquí pasó, creo, es que el señor Obama, buscando un palo con que atizar a un oponente que ha adquirido últimamente cierto relieve, bien por imprudencia, bien por cinismo, perdió de vista que su retórica podría pasar factura a la capacidad de quien acabe haciéndose con la nominación Demócrata para desarrollar con eficacia su campaña electoral. En este sentido, su reciente movimiento de pieza recuerda al eco que él mismo se hizo tiempo atrás del discurso del G.O.P. [por sus siglas en inglés: Great Old Party, en alusión al Partido Republicano] sobre la Seguridad Social.

Más allá de eso, el episodio ilustra la errada índole de las campañas centradas en generalidades sobre la transformación política y evitadoras del partidismo con sentido.

Puede que sea partidista decir que un "527" organizado por sindicatos para apoyar la reforma de la asistencia sanitaria no es lo mismo que un "527" organizado por empresas aseguradoras para oponerse a esa reforma. Pero es la purita verdad.

NOTA T.: (1) Un "grupo 527" es una organización regulada —de ahí el nombre— por el §527 del Código Interno de la IRS (Agencia Tributaria norteamericana, por sus siglas en ingles) y creada con ánimo de recibir y distribuir fondos para influir en la nominación, elección, o nombramiento para un puesto, de candidatos a un cargo público.

 

Paul Krugman es uno de los economistas más reconocidos académicamente del mundo, y uno de los más célebres gracias a su intensa actividad publicística y divulgativa desde las páginas del New York Times. Colaboró en su día con el grupo de asesores de economía del Presidente Clinton, pero la dinámica de la vida económica, social y política de los EEUU en el último lustro le ha llevado a diagnósticos tan drásticos como lúcidos del mundo contemporáneo.

 

Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro

 

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