DOS DE JAVIER ORTIZ: SÍ, CONTRA LA TORTURA Y VIAJES POR SORPRESA (en Público)

                                                                                                    POR JAVIER ORTIZ
 
Sí, contra la tortura

 

10 Ene 2008

 

El ministro del Interior dice que él “quiere creer” la versión de la Guardia Civil sobre la detención en Arrasate de dos presuntos miembros de ETA, que obligó a internar en la UCI de un hospital donostiarra a uno de ellos.

 

“Quiero creer”. Es una expresión tópica, pero intranquilizadora. Quien quiere creer suele creer, aunque su creencia no tenga mayor fundamento. El que desea creer no se muestra muy estricto en la verificación de los hechos. Blas Pascal ya dijo que para creer (él se refería a la existencia de Dios, pero tanto da) lo más importante es comportarse como si uno fuera creyente: a fuerza de hacer como que se cree, se acaba creyendo.

 

Sin embargo, en el caso de la existencia o inexistencia de torturas policiales, la cuestión no es lo que a Alfredo Pérez Rubalcaba le apetezca creer o prefiera no creer. Lo que debe dilucidarse es si el Gobierno se toma como cuestión de principios que no se produzcan torturas, por muy delincuentes y éticamente repugnantes que puedan ser los detenidos. Porque quien se opone a la tortura lo hace con independencia de la calidad moral del arrestado. Es su propia escala de valores la que está en juego; no la del otro.

 

Si se desea evitar la tortura, hay ya suficientes dictámenes técnicos sobre los medios materiales y las garantías legales que se requieren. Organizaciones de reconocida solvencia, tanto no estatales (caso de Amnistía Internacional), como oficiales (el Consejo de Europa, el Relator ad hoc de las Naciones Unidas), han indicado al Gobierno español cómo debería actuar para dificultar que se produzcan tales sevicias, de las que han registrado suficientes pruebas.

 

No se trata de hacer nada ni muy caro ni demasiado complejo. De hecho, ya los gobiernos autónomos de Euskadi y Cataluña han tomado medidas en esa dirección. La grabación en vídeo de todos los interrogatorios, complementada con la nulidad judicial de todo dato que no figure grabado en las condiciones adecuadas, son medidas cautelares muy oportunas. Si hoy en día te graban en vídeo hasta en los sitios más inverosímiles, ¿por qué no en los cuartelillos y comisarías?

 

No es cuestión de creer, sino de querer.

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Viajes por sorpresa

 

El Rey, que ha optado por celebrar con sobriedad su septuagésimo cumpleaños organizando una fiesta para sólo 450 personas, decidió mostrar su humanidad navideña viajando por sorpresa a Afganistán el 31 de diciembre para saludar a los soldados españoles allí destacados, con los que estuvo el tiempo imprescindible para acudir a Kuwait a tomar las uvas y ser agasajado por su amigo el emir jeque Sabah al Ahmad al Sabah, demócrata de toda la vida.

 

El presidente del Gobierno, dispuesto a no ser menos, voló también por sorpresa el 5 de enero a Líbano para pasar un rato con el contingente militar español y brindar con los soldados a la salud del Rey, como buen socialista.

 

Esto de viajar por supuesta sorpresa para agasajar a tropas propias desperdigadas por el mundo aprovechando tal o cual fecha señalada se ha convertido en una especie de manía. Ahora lo hacen todos. (Por cierto: Rajoy ha demostrado su falta de reflejos políticos y su vocación de perdedor no yendo a visitar, en plan alternativo, a los españoles que están de misión en la Antártida, lo que hubiera quedado la mar de ecológico.)

 

La pregunta es: ¿a cuento de qué esos viajes? ¿Por qué nunca el Rey o el jefe del Gobierno aprovechan estas tan entrañables fiestas para ir a tomarse una copa de cava en alegre francachela con, por ejemplo, los obreros de un andamio de la costa de Alicante, o con los sudadores de una plantación plastificada de El Ejido, a 50º bajo el sol, o con las limpiadoras del Metro de Madrid? No me digan que los soldados tienen superior mérito por el riesgo que corren: hay muchos más muertos por accidentes laborales que por misiones militares en el exterior. Tampoco pretendan que es por la importancia de la misión que cumplen: el ejercicio de la globalización militar todavía no ha demostrado que sirva para nada mejor que lo realizado por la gente que trabaja.

 

La explicación es sencilla, aunque deprimente: poner ladrillos, soportar los rigores de un invernadero o limpiar basura en un andén son tareas que en esta España de hoy no pueden venderse como patrióticas. Es mucho más patriótico hacer el pasmarote en cualquier rincón del mundo al servicio de los intereses de los EEUU.

 

EN PUBLICO.ES

EN LA PAGINA DE JAVIER ORTIZ 

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