Sucesión y desinformación

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           Sucesión y desinformación

Con motivo del 70 cumpleaños de Juan Carlos de Borbón, la mayoría de los medios de comunicación han mostrado su adhesión al monarca compitiendo entre sí en el arte de la adulación y el peloteo. En la transición se dictó una norma no escrita que decía: “del rey sólo se puede hablar bien”.


José Luis Gordillo (Para Kaos en la Red) [10.01.2008 22:10]

 

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Con motivo del 70 cumpleaños de Juan Carlos de Borbón, la mayoría de los medios de comunicación han mostrado su adhesión al monarca compitiendo entre sí en el arte de la adulación y el peloteo. En la transición se dictó una norma no escrita que decía: “del rey sólo se puede hablar bien”. Y como casi todo el mundo ha cumplido esa norma con diligencia, el rey siempre ha sido el personaje público mejor valorado en todas las encuestas y sondeos de opinión. Con toda propiedad se puede exclamar: ¡así se las ponían a Fernando VII!

 

El rey y su familia gozan de una sobreprotección mediática que tiene una relación directa con su sobreprotección penal. En el denominado “Código Penal de la democracia”, aprobado en 1995, se introdujo un artículo, el 491, que castiga la utilización de la imagen del rey y de su familia   “de cualquier forma que pueda dañar el prestigio de la Corona” Es, sin duda, un artículo pensado para amedrentar a los medios de comunicación. Desde su entrada en vigor, sus directivos tienen que tentarse la ropa cada vez que publican una foto, un dibujo o una filmación en que aparece cualquier miembro de la familia real, mientras no deben hacer lo mismo si se trata de “famosos”, ciudadanos corrientes o políticos que se presentan a las elecciones. La imagen de éstos puede ser utilizada como se quiera sin que tal cosa dé lugar a sanciones penales. Y eso está muy bien si se hace respetando la dignidad de las personas, porque si no se pudiera hacer, difícilmente se podría afirmar que en España existe libertad de expresión.

 

En el Código Penal de 1995 también se incorporó un nuevo delito de injurias que protege en exclusiva a la familia real. La protección penal del derecho al honor y a la propia imagen está garantizada para la generalidad de los ciudadanos, pero en el caso de la familia Borbón esa protección es mucho mayor porque las sanciones son más duras. Eso es lo mismo que decir que es más caro, penalmente hablando, injuriar al rey y a su familia que al común de los mortales, lo que incluye a los políticos que son votados por los ciudadanos.

 

Los privilegios reales no se acaban ahí. Según la Constitución, el rey es jurídicamente irresponsable. En consecuencia ningún tribunal español puede aceptar una demanda dirigida contra él, ni siquiera en el supuesto de que hubiese indicios racionales de su participación en un delito tan grave como, sin ir más lejos, la rebelión militar. Eso significa que cualquier denuncia de corrupción o de abuso de poder dirigida contra el rey puede ser descalificada fácilmente tachándola de injuriosa o calumniosa, sin que quien la formule pueda acudir a los tribunales para solicitar que se investigue y se prueben los hechos denunciados.

 

La sobreprotección penal es coherente con la sobreprotección constitucional de la monarquía. Todo lo relacionado con ella únicamente puede ser reformado por el complicadísimo procedimiento del artículo 168, mientras que el Tribunal Constitucional, por poner un ejemplo que se refiere a una institución que cumple una función decisiva en nuestro sistema político, se puede reformar por el procedimiento simplificado del artículo 167.

 

Toda esa sobreprotección se hace de una institución de la que se dice que carece de poder y que por eso se la puede considerar una monarquía “republicana”. Nunca nadie con supuestamente tan poco poder ha recibido tanta protección. Claro que, sin solución de continuidad, los mismos pregoneros que cantan las virtudes de la monarquía “republicana” añaden, sin asomo de vergüenza, que gracias a Juan Carlos de Borbón todos gozamos de libertad y de un bienestar material sin comparación posible con cualquier período anterior de la historia de España. Este razonamiento falaz convierte al monarca en un rey milagrero o en el cuarto “rey mago”, porque resulta que sin ejercer poder ha conseguido nada menos que “traer la democracia”, “salvar la democracia”, “sentar las bases del período más brillante de la historia de España” y otros objetivos tan humildes como éstos. El resultado de tanta irracionalidad y de tanta estupidez salta a la vista: los políticos que ganan elecciones se las ven y se las desean para ser tomados en serio, mientras el Jefe del Estado nombrado a dedo por Franco (que también es jefe militar supremo de un ejército de la OTAN, no lo olvidemos) disfruta de las más altas cotas de popularidad.

 

  La monarquía tiene que afrontar un reto considerable en los próximos tiempos: la sucesión. Sólo cuando reine Felipe de Borbón se podrá considerar que la monarquía está consolidada. Pero ¿puede tener éxito esa gran operación política sin desinformación, sin censura, sin represión y sin recurrir de forma permanente a la manipulación y a la tomadura de pelo? La realidad cotidiana nos dice que no. Por tanto, cabe esperar que todo eso vaya a más en los años venideros, al igual que el ninguneo, la marginación y la denigración de los republicanos de izquierdas.

 

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