la cuestión balcánica

Kosovo y las esencias

16 Feb 2008  

 

Tags: política internacional

 

                                CARLOS TAIBO

 

 

Parece fuera de discusión que el proceso que ha conducido a la independencia, por tutelada que ésta sea, de Kosovo arrastra vicios nada desdeñables. Recordemos al respecto, y por lo pronto, que ninguno de los objetivos establecidos hace ocho años por el protectorado internacional ha sido colmado: si por un lado apenas se ha progresado desde entonces en materia de democratización del país, por el otro la economía permanece estancada en un escenario marcado –y esto es al cabo lo más importante– por violaciones serias de los derechos de las minorías. Quienes a esto le atribuyen un relieve singular agregarán que la fórmula abrazada para permitir que la independencia sea un hecho conculca las normas estatuidas al efecto de estas cuestiones en el derecho internacional. Por si poco fuere, ni siquiera quienes defienden el principio de libre determinación –entre ellos me cuento– tienen con qué sentirse satisfechos: aunque a menudo prefiera olvidarse, las principales potencias del planeta han preferido esquivar en Kosovo cualquier criterio inspirado, en los hechos, en ese principio.

 

Nada de lo anterior justifica, sin embargo, la hostilidad manifiesta con que la abrumadora mayoría de nuestros analistas y políticos, cargados de prejuicios y lugares comunes, ha acogido en los últimos meses el horizonte de un Kosovo independiente. De la noche a la mañana ha desaparecido de nuestro discurso público y mediático lo que –parece– debería ser un recordatorio obligado a la hora de encarar lo que ocurre en el Kosovo contemporáneo: en el decenio de 1990 las autoridades serbias protagonizaron una agresión en toda regla contra los derechos elementales de la mayoría albanesa de la población kosovar. De resultas, la condición autónoma de la provincia fue abolida, se disolvieron el Parlamento y el Gobierno locales, se prohibió el empleo del albanés en el sistema educativo, se instauró un genuino régimen de apartheid y, en suma, cobró cuerpo una ley marcial saldada con numerosos muertos, desaparecidos y detenidos. Quiere uno creer que nada de lo que sucede hoy en Kosovo puede entenderse de no haberse verificado en su momento todo lo anterior, tanto más cuanto que durante ocho años, los que mediaron entre 1989 y 1997, la respuesta de la mayoría albanesa de la población ante tantos desafueros consistió en el despliegue de un olvidado movimiento de desobediencia civil no violenta.

 

Pero el rechazo, casi unánime, de un Kosovo independiente que se registra entre nosotros bebe también de la certeza, rara vez verbalizada pero evidente, de que los Estados y sus fronteras son sagrados. Sin rebozo se nos dice que, a la hora de determinar si un territorio o una población pueden abandonar el Estado en que se hallan, ello debe ajustarse escrupulosamente a lo que rezan las leyes de éste, en franco olvido, claro, de que esas leyes obedecen casi siempre, como no podía ser menos, a percepciones ontológicamente hostiles a cualquier perspectiva de secesión. Al cabo se nos señala, sin más, que Kosovo es Serbia porque lo dicen las leyes de esta última, sin formular pregunta alguna en lo relativo a cómo y cuándo nació el Estado correspondiente, a la presunta condición democrática de su ordenamiento legal y a las fórmulas que en su momento permitieron la integración de unos u otros territorios y poblaciones en ese Estado. ¿Cuándo se les preguntó, por cierto, a los habitantes de Kosovo si deseaban formar parte de Serbia?

 

En realidad la forma de razonar de la que acabamos de dar cuenta no tiene, entre nosotros, otro sentido que el que nace de una lectura sesgada vinculada con un problema celtibérico de siempre. Y es que en realidad poco importa lo que haya ocurrido en el pasado, y lo que suceda hoy, en Kosovo: lo que preocupa a los guardianes de nuestras esencias es el efecto que la independencia kosovar pueda tener en materia de las disputas nacionales que se revelan en España. El lector atento rápidamente se percatará de que la universal contestación que la independencia en cuestión merece entre nosotros se ve siempre acompañada de la mención del presumible efecto dominó que le seguirá. Interesa sobremanera subrayar que, de resultas, los procesos de secesión se nos retratan cargados de universales rasgos negativos sin que, de nuevo, se deje espacio para pregunta alguna relativa a su eventual racionalidad. Una vez más lo que despunta es, en otras palabras, la postulación de la bondad intrínseca de los Estados realmente existentes. Cuando se señala, con argumento respetabilísimo, que no parece razonable que se reconozca en Kosovo lo que se rechaza en otros lugares, bueno sería que quienes tal criterio abrazan se planteasen si no habría que pelear, no por la negación del derecho de secesión en Kosovo, sino por la extensión de tal derecho a otros escenarios.

 

Rematemos con la mención de un fenómeno que se ha revelado sibilinamente, en las últimas semanas, entre nosotros. Curioso resulta el cambio de percepción que se ha operado, con enorme diligencia, en determinados discursos públicos. Los mismos que a lo largo de los 20 últimos años han demonizado de manera visiblemente acrítica todas las políticas que cobraban cuerpo en Serbia parecen recorrer hoy el camino contrario. Pareciera como si la necesidad de pertrechar argumentos que permitan contestar la independencia kosovar condujese a aligerar repentinamente las críticas –a menudo impregnadas, por cierto, de gris xenofobia– vertidas durante dos decenios contra la conducta abrazada por los gobernantes serbios. ¡Qué lejos llegan entre nosotros, supuestamente amparados en la magia que desprenden las palabras democracia y derecho, los defensores cabales de las esencias patrias!

 

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de ‘Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio’

 

Ilustración de Mikel Jaso

 

PUBLICADO EN EL DIARIO "PUBLICO"

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Kosovo vive sus últimas horas antes de la declaración de independencia

 

Todo está listo y los pronósticos mantienen el domingo como el Día D de la independencia de Kosovo. Los aspavientos de Serbia y las amenazas de Rusia así lo confirman. En 1989, Milosevic trató de enterrar las aspiraciones kosovares bajo la hierba de Kosovo Polje. 19 años y mucha sangre y sufrimiento después, Kosovo se va, aunque sea con una gran custodia internacional. El futuro es incierto. Mañana toca el presente.

 

Dabid LAZKANOITURBURU

 

28 de junio de 1989. El entonces presidente Slobodan Milosevic enfervorizó a cientos de miles de serbios con su incendiario discurso unionista con motivo del 600 aniversario de la batalla de Kosovo Polje, en las afueras de Pristina. «Kosovo es y será parte de Serbia», aseguró.

 

Muerto nueve años antes el fundador de Yugoslavia, el líder guerrillero comunista José Brosz Tito, y en un contexto de abierta crisis de las experiencias del llamado «socialismo real» en el este europeo, la federación vivía entonces una grave crisis alimentada por las tendencias centrífugas de las repúblicas en su seno y por el renacer de las ideas panserbias.

Hábil en el manejo de las masas, aquel tecnócrata comunista conocía el alto valor político de alimentar y atizar los sentimientos de agravio de la desorientada población serbia. Qué mejor para ello que el escenario de la batalla de Kosovo Polje (El campo de los mirlos), en la que una coalición de señores de la guerra dirigida por el príncipe serbio Lazar mordió el polvo en 1389 ante el Ejército otomano. Una derrota convertida en mito fundacional de Serbia. Milosevic utilizó el aniversario para poner coto a las aspiraciones de la mayoritaria población albanesa de Kosovo y para sancionar su estrategia panserbia, temeraria decisión que a la postre aceleró el estallido de Yugoslavia.

Completó el cuadro la derogación de la reforma constitucional impulsada por Tito en 1974, que otorgaba una amplia autonomía dentro de Serbia a Kosovo y al enclave mayoritariamente húngaro de Vojvodina, a las que reconocía «de facto» como repúblicas en pie de igualdad con las seis que componían el mosaico de Yugoslavia.

15 de febrero de 2008. El primer ministro kosovar y ex dirigente guerrillero, Hashim Thaçi, convoca una rueda de prensa en la que no desvela la fecha del día D. No obstante, uno de sus asesores confirma entre pasillos que la declaración de independencia se realizará mañana domingo a las 17:00 horas

Domingo 17 de febrero. 19 años después del 600 aniversario de la batalla de Kosovo Polje, y ya sin Milosevic -muerto en su celda en La Haya en marzo de 2006-, los ecos de su discurso se oyen ahora en boca de los mismos políticos que, con la inestimable ayuda de Occidente, le desalojaron del poder en el año 2000. El europeísta y presidente serbio, Boris Tadic, y el primer ministro, Vojislav Kostunica, han aparcado sus crecientes disensiones para librar su última, y previsiblemente perdida, batalla por Kosovo.

Cuentan para ello con la ayuda de Rusia, que desde su privilegiada posición de potencia con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, recuerda, y en muchos casos no sin razón, los paralelismos de la solución a la cuestión kosovar con una larga serie de problemas irresueltos de naciones sin estado en Europa.

Demasiado tarde. Kosovo se prepara para su independencia y sus líderes evocan los 150 años de lucha para conseguirla. Desde el impulso a los derechos de la nación albanesa frente al poder otomano formulados por la Liga de Prizren (ciudad de Kosovo) en 1878 hasta la lucha armada del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK, Ushtrisë të Çlirimtare të Kosovës) mediada la década de los noventa del siglo pasado. Una opción armada que nació y creció tras años de resistencia no violenta de los albaneses de Kosovo contra el cada vez más despótico poder central de Belgrado.

Aquellos años de la década de los ochenta y principios de los noventa vieron el surgimiento de una administración paralela a la serbia. Fueron largos y duros años de lucha sin los que la independencia hoy de Kosovo seguiría siendo un sueño.

 

 

Escalada represiva

 

La Serbia de Milosevic respondió con mano dura a este inédito ejercicio -por lo menos en Europa- de desobediencia civil. Y la juventud albano-kosovar, impaciente ante la falta de avances, se decantó cada vez más por una respuesta armada.

UÇK, por aquel entonces «organización terrorista» no sólo para Belgrado, pasó a la acción con ataques y atentados contra la Policía y los intereses serbios, provocando una escalada represiva por parte de Serbia.

Escalada que se saldó con una política de limpieza étnica que forzó a la huida a cientos de miles de albano-kosovares.

Con la excusa de la amenaza de una crisis humanitaria similar a las que ensombrecieron los Balcanes, EEUU y sus aliados decidieron entonces saldar viejas cuentas con quien fuera su partenaire años atrás, Milosevic. Y bombardearon a Serbia y Kosovo en 1999, provocando un nuevo éxodo de población kosovar.

Tras forzar a Serbia a rubricar humillada la firma en los acuerdos de Rambouillet, la OTAN desembarcaba en Kosovo, que se convertía de facto en un protectorado de la ONU.

Nueve años han pasado desde que las tropas aliadas entraran en este territorio en loor de multitudes. Nueve años inaugurados con el éxodo-expulsión, de buena parte de la minoría serbia y el ataque a sus históricos monasterios ortodoxos, fenómeno que se repitió tras el estallido de una crisis en 2004 en torno al enclave norteño serbio de Kosovska-Mitrovica. Grupos de albano-kosovares pagaban así a Belgrado con su misma moneda, pero en las espaldas de inocentes. Otras minorías kosovares, como las de los gitanos, fueron también durante esos primeros años víctimas de pogromos acusadas genéricamente de complicidad con los opresores serbios.

 

 

La ONU tiene un plan

 

Enero de 2006. Consciente de que prolongar en el tiempo la provisionalidad en Kosovo es una bomba de relojería, la ONU inicia un proceso de mediación para intentar arrancar un acuerdo sobre el estatus definitivo del enclave kosovar.

La ONU presenta una hoja de ruta clara: el plan del mediador y ex presidente finlandés Martti Ahtisaari. Independencia internacionalmente supervisada durante los primeros años y concesión a los enclaves aún mayoritariamente serbios de una autonomía tal que les haga sentirse más o menos cómodos en el nuevo escenario.

El plan levanta ampollas entre sectores de la población albanesa de Kosovo pero sus líderes lo aceptan. Belgrado lo rechaza de plano y veta, en la práctica, cualquier posibilidad de diálogo. «Toda la autonomía, pero dentro de Serbia», resumen su propuesta los mediadores serbios. Mal, a destiempo y en el escenario equivocado, ya que la propia Serbia debería haber enterrado hace años los proyectos uniformizadores de Milosevic y garantizar, con proyectos de autonomía, los derechos de las minorías pero dentro de sus propias fronteras: albaneses en el valle de Presevo, húngaros de la Vojvodina, bosniacos…

«Que quede claro, Serbia no aceptará jamás ninguna violación de su integridad territorial», reiteraba ayer el Gobierno serbio tras ver fracasado su último intento, apadrinado por Moscú, de cortocircuitar la cuestión en el Consejo de Seguridad de la ONU.

«No renunciaremos nunca. aunque este acto rastrero no sea impedido. Ni ahora, ni en un año, ni en un decenio. Kosovo será parte de Serbia por siempre», bramó el ministro de Exteriores, Vuk Jeremic.

 

 

Lógica jurídica y uso de la fuerza

 

Belgrado y Moscú aducen, con indudable lógica jurídica, que la independencia de Kosovo viola el acta fundacional de Naciones Unidas -que garantiza la integridad territorial de sus estados miembros-, el Acta Final de Helsinki (1975) y la jurisprudencia internacional, que hasta ahora sólo reconocía el derecho a la secesión a las repúblicas federadas, no a entes de categoría inferior como Kosovo.

Los que recuerdan estos límites obvian, en cualquier caso, que la negativa rotunda de un estado miembro nunca ha sido, es, ni será un corsé para las aspiraciones de un pueblo a ejercer su autodeterminación.

En este sentido, cabe recordar que hasta la eclosión de los países de la Europa Oriental, la doctrina oficial sólo reconocía el derecho de autodeterminación a las «colonias». La jurisprudencia se debe a la realidad, nunca al contrario.

Serbia y Rusia denuncian, asimismo, que la independencia de Kosovo llega impuesta por la fuerza, de la mano de la intervención internacional. Corta memoria la de dos estados que no han dudado, en su historia reciente, en utilizar la fuerza para consolidar sus posiciones. El caso de la Serbia de Milosevic resulta paradigmático. Por lo que toca a Rusia, y sin olvidar el agujero negro de Chechenia, el Kremlin no ha dudado en utilizar su fuerza militar para apuntalar -con los tanques- secesiones de facto en escenarios como el Transdniéster en Moldavia o Abjasia y Osetia del Sur en el país caucásico de Georgia.

En esta línea, y en un último intento de frenar lo inevitable, Rusia amenazó ayer con reconocer unilateralmente la independencia de estos dos enclaves situados oficialmente dentro de las fronteras de Georgia.

 

 

Posibles escenarios

 

En espera del Día D, muchos analistas elucubran sobre los posibles escenarios tras la independencia de Kosovo.

El primero de ellos, el de la partición de facto, es uno de los más evocados. Ayer mismo, los dirigentes serbios de Kosovska Mitrovica, anunciaron que crearán un parlamento propio que elegirán coincidiendo con las elecciones municipales serbias del próximo 11 de mayo.

Belgrado tiene ya preparado un plan para conectar toda la infraestructura de este enclave norteño -40.000 serbios en un territorio con 80.000 albaneses- a la red general, eléctrica, telefónica y de agua de Serbia.

«Yo creo que tendremos un segundo Chipre en Kosovo», augura el analista albanés Ilir Dugolli, en referencia a la partición de la isla mediterránea. Este plan sancionaría una partición que ya existe de facto -se trataría de consolidar la actual administración serbia paralela- pero indudablemente podría generar fricciones con el Gobierno de Pristina, que aspiraría a extender su soberanía Y, lo que es más importante, dejaría a los enclaves serbios aislados del sur y del centro de Kosovo a merced de la ira de la población kosovar. Ello podría generar una ola de violencia generalizada que, en principio, no es del interés de los líderes kosovares, ya que el mundo mira con lupa su proceso de autodeterminación.

Otra cosa es que una provocación aislada haga estallar el polvorín y provoque una repetición de lo ocurrido en 2004.

Milicias serbias de nuevo cuño pero de viejo espíritu han hecho su aparición en los últimos meses en el enclave norteño de Kosovska Mitrovica.

En el lado albanés, el primer ministro Thaçi es muy respetado por los antiguos combatientes de UÇK en Pristina y en el noroeste (Drenica); no así en el oeste, donde el líder indiscutible es el también ex dirigente guerrillero Ramush Haradinaj, hoy prisionero en La Haya.

Finalmente, no faltan sectores como Vetevendojse (Autodeterminación), muy hostiles con todo el proceso y con el plan de supervisión de la independencia por la llamada comunidad internacional. La UE deberá afinar mucho entre las exigencias de la población albanesa y las provocaciones serbias.

 

 

Mirando de reojo a Bosnia-Herzegovina

 

La alta representación internacional en Bosnia y el primer ministro de la República Srpska, Milorad Dodik, han llamado a la calma a la población del ente serbio de Bosnia, nacido de los Acuerdos de Dayton de 1995 que pusieron fin a la guerra bosnia – consagrando la partición de la república y otorgando a la minoría serbia los territorios donde eran mayoría y los conquistados tras la campaña de limpieza étnica promovida por las milicias serbias-.

Dodik advirtió, eso sí, de que la independencia de Kosovo «creará una nueva situación en la región y en el mundo». Líderes serbios de Bosnia exigen ya una modificación de las fronteras de Bosnia como respuesta a la independencia de Kosovo.

«Será una injusticia, pero si ocurre nuestros líderes deben hacer lo mismo y romper con Bosnia», asegura Vojko Dobrijevic, antiguo miliciano serbio de Banja Luka. Vladimir Simic, estudiante de historia, espera la llamada a la movilización para ir a luchar a Kosovo e insiste en que «también nosotros tenemos derecho a separarnos y a unirnos a Serbia». «Serbia pierde Kosovo, pero gana la República Srpska, he ahí un intercambio justo», señala tajante Visnja Dancic, vendedora de fruta en un mercado local.

Por contra, la analista local Tabja Topic asegura que los políticos locales serbios se limitarán a utilizar la cuestión kosovar como ariete en su pugna con el Gobierno bosnio. GARA

 

 

La familia serbia de los Grkovic se aferra a su hogar

 

Confinada en el pequeño enclave serbio montañoso de Orahovac, la familia serbia Grkovic ha sobrevivido a la guerra y a las represalias. Desde entonces vive prácticamente recluida. Pero es su tierra, los padres son mayores, los hijos, jóvenes. Y no tienen intención alguna de irse tras la declaración de independencia de Kosovo.

En Orahovac, 40 kilómetros al sudoeste de la capital, Pristina, quedan 450 serbios, que viven en zonas altas. Abajo, en el valle, habitan 15.000 albaneses. En las calles no se ve más que ancianos que se quedaron o que han vuelto para morir en su casa o gente muy joven sin perspectivas. Ambas categorías suman más del 70% de la población. Entre ambas, funcionarios pagados por Belgrado o parados. Los otros serbios de este lugar, más de 4.000 hace diez años, huyeron tras la guerra de 1999 o los ataques contra su comunidad en 2004.

Ocho años después del final del conflicto entre serbios e independentistas albaneses de Kosovo, Orahovac sigue aislada del resto del mundo. Una escuela y un instituto, un centro médico y 80 tumbas censadas al lado de la iglesia. Dos veces a la semana, un convoy atraviesa las zonas albanesas para llegar a los hospitales y mercados de Kosovska-Mitrovica y de Gracanica, en el centro del territorio kosovar.

«No tengo a dónde ir. Sí, la vida es complicada y parece una prisión, pero no abandonaré este lugar. Mi marido está enterrado ahí», señala la abuela de la familia Grkovic, Miroslava Filijovic.

Los líderes de la minoría serbia en Kosovo insisten a los suyos en que hay que quedarse tras la independencia. «Les he dicho que hemos sobrevivido al embargo, a los bombardeos, a las violencias de 2004 y que Serbia les seguirá ayudando. La población tiene miedo de que haya provocaciones pero piensa que en principio se quedará a ver qué pasa», asegura Deja Baljovic, representante de la comunidad nombrado por Belgrado.

Belgrado es consciente de que «si no quedan serbios en Kosovo, la provincia está perdida para siempre». Lo preocupante es que utilice a esta minoría como quinta columna secuestrada por sus planes.

En Mitrovica lo tienen claro. «Si los albaneses intentan imponernos su poder esto se llenará de francotiradores, como en Beirut en los ochenta». En Mitrovica sí, con el cercano aliento de Serbia. ¿Y en el resto de los enclaves serbios de Kosovo? GARA

 

 

 

Tirana niega la idea de la «Gran Albania»

 

El primer ministro de Albania, Sali Berisha, rechazó tajante la idea de que la independencia de Kosovo dé alas a la vieja idea de una «Gran Albania» que reagruparía bajo un mismo Estado a los albaneses, incluidos los de Macedonia y Montenegro. Al contrario, aseguró que la independencia de Kosovo y la perspectiva de la entrada de los viejos y nuevos países balcánicos en la UE conjuraría esta aspiración política.

Serbia no ha dejado nunca de atizar este fantasma, aduciendo el apoyo de Tirana a las aspiraciones kosovares. Un apoyo que incluyó la solidaridad con su drama y el entrenamiento de la guerrilla de UÇK, sin olvidar el suministro de armas procedentes de la gran crisis política que sacudió a Albania en 1997 -la crisis de las Pirámides, en la que la población tomó al asalto los arsenales militares-.

Este análisis obvia las no del todo amigables relaciones entre el clan albanés mayoritario en Kosovo (gegos) y los toscos (centro y sur de Albania). Un rivalidad alimentada por el distinto devenir de la Albania de Enver Hosha y la Yugoslavia de Tito. GARA

 

 

                                 Antecedentes

 

 

La reafirmación de la Gran Serbia frente a las aspiraciones kosovares por parte de Milosevic inició el proceso de desintegración de Yugoslavia. La independencia de Kosovo, que nunca tuvo el estatus de república, cerrará, en principio, este capítulo de la reciente historia europea.

 

 

Eslovenia

 

El 23 de diciembre de 1990, el 88% de los eslovenos vota en referéndum por la independencia, proclamada el 25 de junio de 1991. Tras 10 días de escaramuzas entre las milicias eslovenas y el Ejército Popular Yugoslavo (JNA) -una decena de víctimas mortales, la inmensa mayoría soldados- éste se retira. Eslovenia es reconocida por la CEE y por 30 países en enero de 1992. EEUU lo hará el 7 de abril de ese año.

 

 

Croacia

 

La llegada a la presidencia de Franjo Tudjman y sus planes pancroatas son respondidos por las minorías serbias en Croacia con la proclamación de autonomías. el 92% de la población vota a favor de la independencia el 19 de mayo de 1991. Su declaración y el reconocimiento internacional coincide en el tiempo con el de Eslovenia. No impiden el estallido de una guerra abierta en agosto de 1991 entre las milicias croatas y las milicias serbias con el apoyo del JNA yugoslavo. Croacia y la República Federal de Yugoslavia (Serbia y Montenegro) se reconocen mutuamente tras el final de la guerra bosnia, en agosto de 1996.

 

 

Bosnia-Herzegovina

 

El Parlamento bosnio proclama la soberanía el 15 de octubre de 1991. Fracasados los intentos de mediación en Lisboa, el presidente bosnio, Alija Izetbegovic, organiza un referéndum el 29 de febrero de 1992. La minoría serbia lo boicotea pero la independencia logra más del 60% de los votos. La independencia es proclamada el 5 de abril de 1992, una vez comenzada la guerra. Bosnia-Herzegovina será reconocida inmediatamente por los países de la UE y por EEUU. Pero para entonces ya ha comenzado el criminal sitio de Sarajevo. Croacia y Serbia, cada una por su lado aunque a veces de común acuerdo, se lanzan a la conquista de territorios a costa de la población bosnia, sobre la que pesa un embargo de armas internacional. Los acuerdos de Dayton de 1995 sancionan de iure la partición de facto de Bosnia. Serbia reconoce a Bosnia-Herzegovina en noviembre de ese año.

 

 

MACEDONIA

 

Obtuvo su independencia sin verter una gota de sangre tras el referéndum del 8 de setiembre de 1991. El litigio con Grecia, aún vigente, a cuenta de la Macedonia histórica, forzará a una solución de compromiso con su nombre (Antigua República Yugoslava de Macedonia). La ARYM cuenta con una importante población albanesa (más de un tercio). Un levantamiento armado en 2001 derivó en unos acuerdos de paz que han otorgado más derechos a esa minoría albanesa. Una población totalmente emparentada con los albaneses de Kosovo, lo que no excluye la posibilidad de que su independencia tenga consecuencias al otro lado de la frontera.

 

 

MONTENEGRO

 

Pese a una historia común (etnia, religión) con Serbia, las pulsiones autodeterministas en Montenegro ganan enteros a finales de la década de los noventa. Tras un acuerdo de transición en 2003 (Ente federal Serbia-Montenegro), la pequeña república logra el 3 de junio de 2006 su independencia tras un referéndum en el que se supera el listón establecido por la UE (55% de «síes»). Última república yugoslava que logra su independencia.

 

EL REPORTAJE EN EL DIARIO GARA (ENLACE)

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Ojalá sirva de precedente

 

Está por ver si, definitivamente, Kosovo declara la independencia tutelada durante los próximos días. Está por ver, asimismo, la forma que toma esa declaración. Declaración que, por otro lado, no supondrá más que la confirmación de la situación real que vive Kosovo en la actualidad: un territorio independiente de facto bajo la supervisión de organismos internacionales -la ONU hasta ahora y la UE de ahora en adelante-. Lo único que está claro de momento es que la labor diplomática realizada por los albano-kosovares ha surtido efecto y que la mayoría de países asumirán las recomendaciones que emanan del plan presentado por el enviado especial de la ONU para Kosovo, aceptando la declaración y estableciendo relaciones oficiales y normalizadas con las instituciones kosovares. Tan sólo unos pocos países occidentales quedarán al margen de esa postura. Se trata, por un lado, de los países de religión ortodoxa y/o de etnia eslava -Rusia, Grecia, Malta, Eslovaquia y Chipre- y, por otro lado, del Estado español.

 

Todos esos países plantean que la aceptación por parte de la comunidad internacional de la independencia supone un precedente con implicaciones para futuros casos de secesión. El Estado español niega este extremo, pero sigue posicionándose en contra. Varios analistas españoles han indicado que se trata de un gesto de extrema debilidad y una incongruencia política que, además, le aísla frente a los países de su entorno. Señalan, asimismo, que la excepcionalidad del caso kosovar es evidente y se deriva del genocidio dirigido por Milosevic contra los albaneses de ese territorio.

 

Esos analistas olvidan, sin embargo, que la excepcionalidad del caso kosovar proviene ante todo de que, seguramente por primera vez, la comunidad internacional ha establecido la carga de la prueba sobre el estado en vez de sobre la parte secesionista. Es decir, ha determinado que la independencia es necesaria porque el Estado serbio no puede garantizar los derechos individuales y colectivos de una parte de su población. Digan lo que digan uno y otros, ojalá sirva de precedente.

 

EDITORIAL EN EL DIARIO GARA

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