La maldición de Bolivia

OPINIÓN

La maldición de Bolivia

11 Sep 2008

GERMÁN OJEDA 

 

De Tupac Katari a El Alto, de Evo Morales a La Paz, la Bolivia originaria intenta de nuevo ponerse en pie frente al viejo régimen. El primer presidente indígena boliviano ha convocado para el próximo 7 de diciembre otro referéndum para ratificar la nueva Carta Magna –ya aprobada en la Asamblea Constituyente– después de ganar hace poco tiempo el referéndum revocatorio con un apoyo masivo a su proyecto de refundar el país.

 

Por primera vez en su historia, Bolivia vive un intenso proceso democrático. Por primera vez en el país andino, gobierna un Gobierno democrático sin recurrir al fraude electoral o a la intervención extranjera o al apoyo militar. Pero una poderosa derecha racista y oligárquica –que controla la economía, los grandes medios de comunicación, las regiones orientales más ricas y parte de las instituciones nacionales– se opone frontalmente a la nueva consulta después de oponerse durante estos años al presidente Morales, fabricando una confrontación social y un separatismo regional sin precedentes cuyo único objetivo es tumbar al indio.

 

Bolivia, en efecto, vale más que un Potosí, pues, desde la conquista hasta hoy, nunca ha dejado de producir ingentes cantidades de riqueza para los colonos y los colonialistas, para los imperios y los imperialistas, para los españoles y para los norteamericanos, llámense Shell  o Repsol, mientras los indígenas bolivianos viven en la miseria y se mueren de hambre, lo que ha determinado que la nación más rica en recursos naturales per cápita de América Latina sea la más pobre e injusta del continente.

 

Tan ingentes recursos explotados a la fuerza durante tanto tiempo han hecho de Bolivia, a lo largo de estos cinco siglos, el mayor campo de concentración sin alambradas de las poblaciones indígenas, manejado a sangre y fuego por virreyes españoles, obispos de Roma, militares tiranos y gobernantes neoliberales al servicio del capitalismo depredador, el penúltimo de los cuales vive huido de la justicia boliviana en Miami y se llama Gonzalo Sánchez de Lozada.

 

Para esta derecha ultramontana, el problema son los indios, un sentimiento que se ha acrecentado tras la llegada de su líder, Evo Morales, a la presidencia en diciembre de 2005. Por fin y por primera vez en su historia, gana limpiamente unas elecciones democráticas un indio aymara y propone dos cosas principales: una, que sin excluir a nadie va a defender con una nueva Constitución los derechos y las culturas indígenas mayoritarias refundando Bolivia. Y dos, que las riquezas del país deben ser también para los indígenas y los mestizos, y no sólo para las multinacionales y sus agentes locales.

 

Ni nacionalización de los hidrocarburos en manos de las multinacionales –la mal llamada nacionalización ha consistido en renegociar los anteriores contratos leoninos con las empresas extranjeras–, ni expropiación de las tierras que los blancos habían robado a los indios –la nueva Constitución sólo propone fijar un límite a la enorme extensión de la propiedad– ni intervención de bancos extranjeros, ni toma de medios de comunicación privados, ni quema de iglesias, ni asalto a la haciendas de los terratenientes. Nada que se parezca a una revolución. Sólo prudentes cambios sociales, económicos y culturales promovidos por la vía legal, que buscan el desarrollo de la economía nacional y la integración de los bolivianos.
En suma, una revolución democrática y pacífica que, sin embargo, ha tenido como respuesta la división separatista y el boicot institucional promovidos por las élites bolivianas apoyadas por Estados Unidos y por las multinacionales económicas, mediáticas y políticas del mundo occidental.

 

He aquí la maldición y el drama de Bolivia, ese campo de concentración indígena sin parangón en la historia del colonialismo occidental: que fracasado el neocolonialismo, que fracasada la política militarista de Hugo Banzer y compañía, que fracasada después la política neoliberal de Sánchez de Lozada y compañía, que fracasados todos los intentos civiles y militares, económicos y políticos, de someter a Bolivia a la expoliación y la rapiña occidentales a costa de los indígenas, estos han puesto por fin al frente de su destino a uno de los suyos por la vía democrática para derribar los muros de esa ignominia histórica. Y los oligarcas locales y sus validos del primer mundo se oponen con todos los medios a su alcance para impedir la implantación de la libertad, la justicia y la democracia en Bolivia.

 

El Gobierno ha convocado de nuevo al país a tomar una decisión democrática de alcance histórico, pero la derecha boliviana ha vuelto a responder con maniobras en los organismos judiciales que controla –como la Corte Electoral que acaba de declarar ilegal el referéndum constitucional– y con el recurso a las acciones de fuerza, para tratar de provocar un caos económico y un estallido social que ponga patas arriba al país, impida la anunciada celebración de la consulta y, en definitiva, haga saltar por la fuerza a Evo Morales.

 

Los indígenas y sus líderes han dejado claro estos años que quieren crear una nueva Bolivia, que debe ser ratificada con la aprobación el próximo diciembre de la nueva Carta Magna. Pero si el llamado golpismo civil tumba la revolución del diálogo, si la vía democrática y constitucional es derribada, si Evo Morales y las mayorías indígenas son de nuevo expoliadas en sus derechos políticos, sociales y económicos en beneficio de los terratenientes y de las multinacionales, continuará hasta el siguiente movimiento indígena la maldición de Bolivia para vergüenza del llamado mundo civilizado y democrático.

 

GERMÁN OJEDA es profesor titular de Historia Económica

de España y América en la Universidad de Oviedo

 

Ilustración de JAIME MARTÍNEZ

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